¿Sueño o realidad?

«Me invade un calor insoportable que me provoca abrir los ojos a pesar del sueño que me adormece. Apoyo las manos y es cuando me doy cuenta que duermo tendida sobre la arena. ¿Dónde estoy?, me pregunto a mi misma.
Un niño vestido con tan solo unos pantalones cortos y desgastados, se acerca a mí, ofreciéndome un trozo de piña:
—Toma, para ti —me dice con su dulce voz. Debe tener unos cinco añitos y su piel dorada por el sol hace resaltar aún más sus grandes ojos azules. Le sonrío mientras cojo el trozo de piña y, aún sentada en la arena, lo acerco a mi boca. Tengo sed, mis labios están secos y el dulzor de la fruta me aporta un agradable placer que también alivia el calor del ardiente sol que me castiga.
El pequeño sale corriendo antes de que pueda agradecerle el gesto para unirse a un grupo de otros niños y niñas de diferentes edades que juegan alegremente en la orilla.
Es, en ese momento, cuando me doy cuenta del increíble paisaje que tengo ante mí: un mar turquesa al que no se le adivina el fin; una arena blanca que se extiende a lo largo de una playa de ensueño con palmeras que parecen querer alcanzar el agua.
Estoy tan impresionada con los que ven mis ojos, que el trozo de piña que me queda, se cae. Me levanto suavemente, temo despertar de este maravilloso sueño. No puede ser verdad.
Voy andando y noto la arena entre los dedos de los pies. No quema, así que camino descalza hasta la orilla. Dejo que una pequeña ola moje mis pies, sintiendo un agua cálida y agradable. Siento el sol en mi piel, la brisa fresca en la cara, y el mar rompiendo en los tobillos. Es real; no es un sueño.
¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo he llegado hasta este paraíso?, me pregunto desconcertada mientras observo que llevo unos shorts blancos y una ajustada camiseta de tirantes roja. No recuerdo haber comprado esta ropa.
Una voz me saca de estos pensamientos. Me llama. Giro la cabeza y veo a una mujer que pronuncia mi nombre y me sonríe. Es mulata, gruesa, lleva un vestido de vivo colorido y un pañuelo en su cabeza que intuyo recoge su pelo. Está sentada en una silla de madera, delante de una vieja choza con un tejado construido con hojas de palmera.
Hace gestos para que me acerque a donde ella está mientras sigue llamándome por mi nombre.
Siguiendo sus indicaciones y sin saber por qué, me dirijo a esta mujer que parece conocerme.
—¿Quién es Usted? ¿Dónde estoy? ¿Me conoce? —le lanzo a la sonriente mujer.
—Muchas preguntas... muchacha —me responde—. Anda, ve hasta la barca que te están esperando para salir a pescar.
Dirijo la mirada hacia donde la buena señora apunta con su pequeño dedo índice y veo algunas personas empujando una barca hacia la orilla.
—¿Esperándome a mí? ¿Quiénes son? ¿Por qué debo ir con ellos? —le sigo preguntando.
—No seas impaciente, lo sabrás todo en su momento —me responde.
Me dirijo obedientemente hacia el grupo que está junto a la barca. Puedo observar a cuatro muchachos, dos de color, uno mulato y otro de piel blanca pero bronceada, y a una muchacha de color con el pelo corto y rizado que ya está subida en la embarcación.
—¡Vamos, date prisa! —me grita uno de los chicos de piel oscura que no lleva camiseta y muestra orgulloso sus músculos bien marcados.
Como una autómata acelero el paso y subo a la barca, tal y como me indican. Saludo a la joven, ésta solo me responde con una leve sonrisa. Tengo la impresión que no le hace gracia que yo esté allí. Bueno ya somos dos. La verdad es que no sé qué pinto yo en esta historia, ni en esta playa, ni en esta embarcación. Tomo asiento en la otra punta de la lancha para no molestarla; parece que no tiene cara de muchos amigos.
Poco a poco se van subiendo los hombres. La barca está deteriorada, vieja, sin embargo, es amplia por lo que todos cabemos sin rozarnos. El chico mulato arranca el motor y toma el timón mar adentro.
Estoy realmente desconcertada. ¿Y si me van a matar? ¿Querrán ahogarme? Pero, ¿por qué, si yo ni les conozco? Un montón de preguntas negativas se me agolpan en la cabeza, mientras un cosquilleo invade mi estómago; no sé si es mareo por el movimiento de las olas o el terror que se apodera de mí. Se me debe notar en la cara el miedo que tengo, porque el chico de piel blanca y bronceada se acerca y me pone la mano en el hombro:
—Tranquila, solo vamos a pescar ya hacer algo de buceo. Te gustará —me dice con una sonrisa que me permite apreciar sus perfectos dientes blancos.
—Pero… , yo no os conozco, no sé dónde estoy ni a dónde vamos —le expongo con voz temblorosa.
—Me llamo Simón —me responde el atractivo joven de media melena rubia.
—Y yo, María —le contesto aceptando su mano en señal de saludo.
Bueno, al menos no son unos piratas, parecen jóvenes agradables y de buenos modales. El resto se van presentando, incluida la joven que me mira con mayor agrado que al principio. Se llama Bimba.
Navegamos a motor alejándonos de la costa y dirigiéndonos a un lugar donde rompen unas pequeñas olas; el color del mar se torna más azulado.
—Hemos llegado al arrecife —nos comunica el chico mulato, mientras el otro detiene el motor.
Todos cogen sus utensilios de pesca, arpones, gafas, aletas, redes…, y se van lanzando al mar, mientras yo les miro atónita.
—Vamos María, toma tus gafas y el tubo y verás que maravilla hay aquí debajo —me dice Simón, que aún no se ha lanzado al agua y me ofrece unos artilugios un tanto obsoletos y usados.
—Es que… no llevo bañador —le digo tímidamente.
—Pues con la ropa, da igual —me responde con naturalidad.
Menos mal que no me ha dicho que me quite la ropa, porque entonces dudaría de sus buenas intenciones.
Tan solo guiada por la intuición, me tiro al agua después de ponerme unas gafas de alguien con la cabeza dos veces más grande que la mía. Pero es lo que hay, no quiero parecer quisquillosa pidiendo otras de mi tamaño.
Simón se tira al agua y, poniéndose a mi lado, me coge la mano. Al principio recelo un poco, pero su sonrisa, a través de los cristales de las gafas de bucear, me hacen sentir segura. Nos sumergimos para bucear. Comienzo a ver peces de todos los colores: con rayas amarillas y cola azul, de lunares naranjas, estrellas de mar, corales, caracolas que se mueven arrastradas por los cangrejos ermitaños… Es una verdadera maravilla, increíble. Esto solo lo había visto en los documentales de la televisión y siempre deseé algún día poder bucear entre esos diminutos y preciosos animales marinos.
¡Guauuu! Realmente merece la pena estar aquí, a pesar de estar chupando un tubo desgastado por el que me entra agua... No quiero imaginar quien se lo habrá metido en su boca antes que yo... Simón me indica una dirección hacia la que quiere que buceemos y donde podemos ver las langostas, corriendo por el fondo del mar sin saber que el apuesto joven les va a disparar su arpón. ¡Ayyy! Pobrecita, ha quedado atravesada y al parecer eso le encanta a su cazador, aunque dudo mucho que a ella le produzca la misma satisfacción.
Después de dos grandes peces y dos langostas más que echa Simón a su red, me hace indicaciones para salir. Menos mal, pienso, porque el arrecife es un paraíso para verlo, pero eso de pescarlo ya no me gusta tanto. El agua es cálida, y eso ha hecho aún más agradable el largo rato de buceo.
Tengo sed y también hambre, pero no me atrevo a decirlo porque no veo que lleven comida ni bebida más que el pescado que aún se retuerce en las redes de los pescadores. La joven Bimba no ha bajado a bucear, ni siquiera se ha mojado los pies. No sé si por vigilar la barca —aunque no sé de quién — pues estamos solos varios kilómetros a la redonda, o porque no le gusta. Pero no le voy a preguntar.
Se pasan, unos a otros, una botella de ron, calentita por el sol; yo declino aceptar no vaya a ser que me dé un dolor de barriga y la liemos. Pero ellos se la toman, incluida Bimba; al tiempo que charlan con alegría relatando sus anécdotas bajo el agua y orgullosos por las presas capturadas. Mientras volvemos a la orilla me deleito mirando el entorno. Es realmente idílico. Nunca imaginé estar en un lugar así, aunque muchas veces lo deseé ardientemente. El agua es tan cristalina que se puede apreciar los peces que se van apartando al pasar y la fina arena sobre la que se mece un mar turquesa a veces, y azul claro otras.
Las palmeras se mueven al vernos llegar y algunos cocos caen al suelo. ¡Desearía tomar el agua de uno de ellos!
Parece que se me ha escapado esto último en voz alta, porque el chico mulato —no recuerdo su nombre— me dice que en cuanto lleguemos a la orilla me abre uno para beberlo. ¡Que amable!
Una vez en la orilla, cuando reparten la pesca obtenida, ponen en mis manos un exquisito coco abierto con el fin de saciar mi sed y quitar el sabor de agua salada que me llega hasta los pulmones por lo menos. ¡Qué rico!
Todos se van despidiendo de mí y me quedo sola en la orilla, apurando el preciado jugo de la fruta y contemplando a mi alrededor la belleza del lugar.
De repente, los niños que antes jugaban en la arena, llegan hasta donde estoy sentada contemplando el mar y me cogen de una mano, gritando:
—Ven, ven con nosotros.
No les puedo decirle que no, aunque no tengo ni idea de que sorpresa me depara la jornada. Ellos ríen y saltan a mi alrededor hasta llegar a la puerta de una vieja casita de madera, pintada de color azul, con una tela como puerta de entrada por la que sale un señor algo entrado en años y con el pelo blanco que sonríe al verme llegar.
—Bienvenida a nuestra humilde casa —me dice, al tiempo que tiende su mano para saludarme—. Mi nombre es José. Pasa por favor, vamos a comer. Te estábamos esperando.
—¿A mí? —le preguntó con cierta sorpresa—. ¿Por qué a mí? ¿Nos conocemos?
El afable José suelta una carcajada y me indica que pase al interior de la cabaña sin satisfacer mis dudas pero con una amplia sonrisa que deja entrever el único diente que le queda en la parte superior y otros dos en la parte posterior de la boca.
En la mesa hay varias personas sentadas a las que el anciano me presenta: su mujer Florencia, su hijo Josué, su nuera Isabel y dos de los pequeños que me arrastraron hasta allí: Martín y Rosalía.
Los saludo a todos, dando las gracias por la invitación y me siento donde me indican, junto a la anciana que rápidamente me pone delante un plato con arroz cocido.
Se lo agradezco, así como la media langosta asada que me sirven a continuación. Todo está exquisito. Incluida una cerveza, la cual, me cuentan que la hacen en la isla.
—Por cierto, ¿en qué isla estamos? —les pregunto ingenuamente.
Todos se ríen. No sé si he debido callarme o qué diablos pasa. Soy extranjera, es mi primera vez allí —aunque aún no sé cómo llegué hasta este paradisíaco lugar— y no creo que sea pecado querer saber dónde pongo mis pies, ¿no?
—Estás en la isla de la Felicidad —me dice alegremente la joven Isabel.
—Ahh, y donde está esto, ¿en el Caribe?
Vuelven a reírse. He debido equivocar las coordenadas, pero a mí todo esto me parece el Caribe que he visto en los documentales y revistas de viajes.
—Está donde tú quieras que esté —me indica la anciana.
—Pero, ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿En avión, en barco...?—insisto.
Debo parecerles ridícula porque no cesan de soltar carcajadas cada vez que digo algo. La verdad es que empiezo a mosquearme un poco. ¿Será todo una broma pesada?
El anciano me observa, y serenamente dice:
—Eso solo te lo puede contestar Mamá Lula.
—¿Y dónde está esa señora? Quiero hablar con ella.
— Tranquila y disfruta de lo que la vida te está ofreciendo, de cada momento y cada cosa que tanto has deseado —me aconseja la anciana, con tono fraternal.
Terminados de comer y me indican donde puedo descansar un rato mientras pasa el fuerte calor. Me espera una hamaca tendida, de palmera a palmera, como sacada de un cuadro de los que los turistas compran cuando van de vacaciones para colgar en los despachos de sus frías ciudades y así recordar lo que una vez disfrutaron en sus idílicas vacaciones caribeñas.
Estoy tan cansada y se está tan a gusto bajo la sombra de los cocoteros que no puedo hacer más que rendirme a la brisa marinera y dejarme en los brazos de Morfeo.
La joven Isabel me despierta suavemente, meciendo la hamaca de fibra natural hecha artesanalmente. Me indica que es hora de ducharme y asearme. No sé si es que huelo mal, pero la verdad es que agradecería una ducha de agua dulce porque la sal del rato que estuve buceando ya se ha cristalizado en mis piernas y mis brazos. Me acompaña hasta una pequeña estancia hecha de tablones viejos, con una ducha, un diminuto lavabo resquebrajado con un tubo como grifo, y un espejo medio oxidado. Isabel me da una pastilla de jabón con olor a coco y cierra la puerta. Alucino.
¿Cómo querrán que me asee en este sitio tan cutre? Mientras miro alrededor pensando cómo empezar a ducharme, siento que por encima de las tablas que se suponen que son paredes, dejan caer un vestido y ropa interior. La cojo y sonrío.
¿Cómo me voy a poner este estrecho tubo de lycra azul eléctrico y este mini tanga rosa? Hace diez o quince años quizás, ¡pero ahora!
El agua dulce cae como un fino hilito, pero aun así agradezco el sabor y el frescor que produce en mi piel junto al suave jabón de coco impregnándome de un agradable perfume caribeño.
Con algo parecido a una toalla, me seco. Me pongo la ropa interior y el vestido tan ajustado que casi necesito un calzador. Mirándome al espejo para ordenar mi pelo, doy un salto hacia atrás. Pero… ¡Si estoy más delgada! ¿Dónde está mi barriguita? Mis pechos han subido y están como hace unos años, y… ¿Dónde están las arrugas de mi cara? Parezco una quinceañera. ¡Me han hechizado, seguro! Es increíble, el vestido de lycra azul me sienta de maravilla. No puedo cerrar la boca, estoy estupefacta. ¡Me siento genial!
Isabel abre la puerta y sonriente me dice:
—¡Estás divina! Toma los zapatos de tacón, que es lo único que te falta.
—Pero Isabel, ¡he rejuvenecido! —le comunico desconcertada.
—Jajaja —ríe la joven—. Claro, era otro de tus deseos, ¿no?
—¿No me habréis hecho algún hechizo, conjuro o echado algún brebaje en la comida, ¿verdad? —le pregunto atemorizada.
Ella solo responde que no y se marcha, dejándome totalmente sorprendida y sola, mientras percibo que el sol se está ocultando y empieza a oscurecer.
Camino hacia el exterior de la casa y me encuentro en la puerta con la joven Bimba que ha cambiado su viejo vestido multicolor por otra vestimenta menos informal. Se alza sobre unos tacones de vértigo y luce una ajustada falda roja de lycra con un top negro que hace poco contraste con su color de piel.
—Vamos —me dice con tono más bien seco—. La fiesta va a empezar.
—¿Qué fiesta? —le pregunto.
No me contesta, solo me da la espalda y hace gestos para que la siga. Y yo la sigo. Andamos unos minutos por un camino de tierra con la que se manchan de polvo anaranjado mis blancos zapatos prestados, hasta que nos acercamos a un lugar donde se escucha música; allí vislumbro varias bombillas que alumbran a los asistentes reunidos.
Sobre una plataforma de cemento, un numeroso grupo de personas bailan al son de una música que no consigo distinguir si es salsa, merengue, o que se yo, pero caribeña, seguro. La joven Bimba, haciendo honor al aprecio que ha mostrado desde esta mañana, me deja sola y desaparece entre un grupo de chicas que me lanzan miradas curiosas y descaradas.
Me siento el centro de atención cuando las miradas empiezan a multiplicarse y casi todos los presentes fijan sus ojos en mi vestido de lycra azul y en la cara de tonta de debo tener en este momento. Para salvarme de esta situación tan incómoda, aparece junto a mi, Simón, el chico apuesto de esta mañana, que ha cambiado su aspecto playero, por otro mucho más elegante. Viste camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos, pantalón vaquero muy ajustado y una melena cuidada.
—¡Por fin has llegado! —exclama—. Estás muy guapa.
Siento como un rubor invade mi cara y lo único que alcanzo a responder es un tímido:
—Gracias.
La música suena sin parar y me doy cuenta que procede de un radiocasete, como los que teníamos hace veinte años en España, al cual le han añadido unos altavoces para aumentar el volumen. Esto hace que la calidad del sonido sea aún peor. Las botellas de ron van rulando entre la gente que no le hace ascos a chupar donde otros muchos lo han hecho antes. Creo que Simón se da cuenta de que no estoy por la labor de formar parte de la cadena de bacterias, coge un vaso, abre una botella nueva de ron, y vierte un poco en ella al tiempo que me lo entrega para brindar con él.
En ese momento me doy cuenta de los preciosos ojos verdes que la tenue luz de una bombilla cercana me permite ver. Él no deja de mirarme fijamente y yo me siento tan halagada como incómoda. ¿Qué quiere este chico conmigo? Creo que se me está insinuando y la verdad es que está muy, pero que muy bien. Me siento deseada como hacía mucho tiempo que no me sentía.
Me invita a bailar y le digo que yo no sé bailar esa música. Insiste en que le siga, que él me guía y yo solo me dejo llevar en sus brazos. Pues como me deje llevar, ¡no sé cómo acabaremos!, pienso.
Es completo el muchacho... Guapo, atractivo, caballeroso, buen bailarín... ¡Ayyy, que me voy a dejar llevar demasiado!
Después de un par de canciones —me parecen todas iguales—de las doscientas vueltas, de un lado y las otras doscientas para el otro, le pido descansar un momento porque me estoy mareando.
Sin oponerse, me saca amablemente de la pista rodeando mi cintura con su brazo hasta llegar a un lugar donde unas viejas cajas de madera hacen las veces de asientos.
—¿Podría tomar un refresco por favor? —le pido a mi apuesto acompañante.
Inmediatamente se gira y se pierde entre los incansables bailarines para satisfacer mis órdenes. Me llama la atención observo a una pareja de niños bailando. No tendrán más de siete u ocho años y ¡cómo se mueven! Estos han nacido bailando, digo yo. Resultan tan graciosos. Pero es que aquí también morirán bailando porque hay dos parejas de ancianos que ni osteoporosis ni nada del estilo; unas máquinas moviendo el esqueleto. ¡Ya quisiera yo a su edad!
Mientras espero mi refresco y me deleito admirando a tan variado grupo de expertos bailarines, una voz pronuncia mi nombre.
Vuelvo la cabeza y me encuentro a una señora vestida totalmente de blanco con un pañuelo en forma de lazo en la cabeza. La miro fijamente y me doy cuenta que es la misma mujer que esta mañana me llamó en la playa pero con ropa diferente.
—¿Quién es usted? —le pregunto —. ¿Es la misma señora de esta mañana en la playa?
—Sí, cariño, soy yo, mama Lula —me responde en tono jovial.
—¡Ahh! Por fin la conozco —le digo—. Me han dicho que usted me puede decir por qué y cómo he llegado hasta aquí.
Se ríe inclinando su cabeza hacia atrás y abriendo los grandes ojos, que resaltan en la oscuridad de la noche.
—Estas donde tú querías estar —me responde—, en la isla de la Felicidad.
—Eso ya me lo han dicho, pero, ¿dónde está situada esta isla? —le interrogo.
—Donde tú quieras que esté —responde la mujer a modo de acertijo.
—¿Y por qué estoy aquí? ¿Cómo he llegado? No lo entiendo, además... ¿Por qué estoy más joven?
—Estás porque tú quieres estar —me repite lo mismo —,querías venir a un lugar paradisíaco y volver a lucir y disfrutar tu juventud.
—Entonces, ¿esto es un sueño hecho realidad? —le pregunto.
—Cuando algo se desea mucho, todo el universo conspira para que se cumpla.
—¿Y me voy a quedar siempre aquí? —le digo desconcertada.
—Todo el tiempo que tu desees y mientras te haga feliz —responde mama Lula sonriente.
Levanto la vista hacia el cielo y observo numerosas estrellas rodeando una hermosa luna llena. Realmente este lugar es un paraíso, es todo tan idílico, tan perfecto, tan maravilloso… Cuando voy a preguntarle de nuevo a la señora vestida de blanco, me doy cuenta que ya no está junto a mí. No ha podido salir corriendo porque su peso no se lo permite. Seguro que está entre la gente que baila.
La busco con la mirada, moviendo la cabeza entre los huecos que dejan los felices bailarines, pero no consigo verla. Al único que veo es a un atractivo hombre que se dirige hacia mí para traerme el refresco que le he pedido.
Avanza con elegancia, con paso varonil. Gracias a la luz de fondo puedo entrever por su camisa el musculoso torso que tuve a mi lado esta mañana y al que apenas presté atención debido a los vaivenes de la barca y el buceo. Con una sonrisa picarona, coge una botella de ron y se pone frente a mí. Me da el vaso del refresco y echa en él un buen chorreón del dulce licor. Brindamos. No me dice nada. Clava sus ojos en los míos y me rodea con su brazo derecho apretándome hacia su cuerpo de forma que nuestras bocas quedan a solo unos milímetros de distancia. Puedo sentir su respiración acelerada contra mi pecho y su cálido aliento saliendo de unos carnosos labios que estoy deseando besar. Sin más dilación, aprieta su boca sobre la mía y en ese momento miles de hormigas recorren mi cuerpo invadiéndome el deseo...»

"Riiing, Riiing, Riiing..."
—¡Maldito despertador! En el mejor momento... ufff.
¡Qué sueño tan maravilloso! ¡Ayyyy! quería que durara más.
Me fijo que mi marido, que sigue roncando a mi lado, y entonces ahora sí que me doy cuenta que era un sueño, solo eso. Me levanto, despierto a los niños y a mi esposo.
En el baño me miro al espejo y entre los pelos tiesos, las ojeras, las patas de gallo y el pijama de franela, me vuelvo a decir que era demasiado bonito para ser verdad. Y me hundo en una profunda tristeza.
Los niños se pelean, mi marido les regaña, yo preparo el desayuno mientras me empieza a doler al cabeza con tanto grito.
¡Por fin se han marchado! Me voy a la cama a ver si puedo seguir con mi sueño y conocer qué sucederá con mi apuesto joven.
Pero nada, no puedo volver a conciliar el sueño y quedarme dormida. Lástima. Simón y el Paraíso se han esfumado.

Enciendo rápido el ordenador y a mi amigo Google le digo que me busque:
Isla de la Felicidad.

Pero no me sale nada... Esa isla no existe. Está claro que los sueños, sueños son.

Y colorín colorado... Este Sueño se ha acabado.

Copyright de Carmen Trella Vida

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