La mujer del parque

Quizás llevaba muchos días sentándose en aquel banco del parque y no había reparado en ella. Sin embargo, aquella mañana algo inconsciente me hizo girar la cabeza hacia el asiento situado bajo el gran árbol, uno de los muchos en los que la gente descansa y se enzarza en conversaciones a veces algo tediosas.
Me llamó la atención el sombrero de color rojo que destacaba entre el fondo verde de los arbustos. Allí estaba sentada una señora con ropa de vivos colores, zapatos de tacón y un pañuelo alrededor de su cuello. La miré con asombro, incluso con cierto descaro, sorprendida por aquel inusual atuendo. Debía estar acostumbrada a ello porque no se molestó ante mi curiosa mirada, sino que por el contrario, esbozó una dulce sonrisa y con un ligero movimiento de cabeza me saludó.
No paré mi trayectoria pero si la ralenticé y respondí a aquella peculiar señora con otra sonrisa y el mismo asentimiento de cabeza.
Durante esa jornada, la imagen de aquella mujer de avanzada edad me rondó. Sus ojos me impactaron con una mezcla de empatía y curiosidad. Tuve la sensación de que se escondía algo interesante tras aquel aspecto excéntrico y aquella pícara sonrisa que dibujaba en su rostro.
Al día siguiente me levanté con la obsesión de volver a aquel lugar. Mi corazón se aceleraba pensando que la volvería a ver. ¿Me saludará otra vez?, ¿Quién será?, pensé mientras me acercaba al banco del día anterior.
Efectivamente, allí estaba, perfectamente acicalada y maquillada con sus labios de un rosa intenso. Llevaba otro sombrero adornado con una cinta de la misma tela de su vestido estampado de colores chillones y algo pasado de moda.
Casi detuve mis pasos al encontrarse nuestras miradas y cuando llegué a su altura me sonrió como el día anterior.
― Buenos días ―su voz era melodiosa y cantarina―, ¿Va usted al trabajo?
― Buenos días ―le respondí algo extrañada―, no; hoy descanso.
― ¿Y porque no se sienta y charlamos? ―me hizo un gesto con su mano derecha para acomodarme junto a ella en aquel frio banco del parque.
Me ofreció una galleta, la cual decliné amablemente. No pareció ofenderse y la colocó cuidadosamente en su viejo bolso. Respiró profundamente mientras yo permanecía callada.
― Entonces si hoy no trabaja, ¿ha venido a verme? ―la señora no se andaba con rodeos―. Ayer noté que me miraba casi asustada ―volvió su rostro contento―. Me gusta estar aquí y ver pasar a la gente. Este lugar es tranquilo.
Me aliviaron algo sus palabras e intuí que lo que quizás necesitaba era alguien con quien hablar.
― No me asustó, solo me llamó la atención ―le dije algo avergonzada―, sus vestidos son muy… alegres; me gustan.
La señora soltó un par de risas y se giró hacia mí para contestarme.
― Me gusta vestir con ropa alegre y colorida, maquillarme y estar preparada.
― ¿Espera usted a alguien? ―le pregunté.
― A mi amor, mi único y gran amor ― su voz se quebró y los ojos azules desgastados por el tiempo se enrojecieron.
― ¿A su marido?
― ¡Por supuesto! ―respondió en tono airado― volverá a buscarme y me llevará con él para siempre allí arriba, o abajo, no lo sé, pero seguro será un lugar maravilloso donde nada ni nadie nos volverá a separar.
Al decir “allí arriba”, pensé que había fallecido, pero lo de “allí abajo”, lo contradecía. No sabía si el tema es que estaban separados por alguna cuestión.
Esperé unos segundos a que ella tomara la iniciativa de por donde continuar aquella conversación que me estaba desconcertando
― ¿Está usted enamorada? ―me preguntó sonriente.
― He tenido alguna relación, pero no sé si he estado enamorada. Supongo que sí ―. Sentí un nudo en el estómago recordando las ilusiones y desengaños amorosos de mi lánguida existencia.
― Tener novios o relaciones no significa estar enamorada ―su mirada se perdió en el horizonte―. Algunos amores pensamos que lo son y nos defraudan, otros queremos que sean y no llegan a nada, pero solo son sentimientos pasajeros. El amor es único. Es aquel que nos hace flotar, renacer, ser mejores y llenar nuestro corazón de una forma especial ― sus manos bailaban armoniosas en el aire mientras hablaba como si recitara bellos versos de amor―. Cuando un beso suyo te haga perder la noción del tiempo y el espacio, cuando sus brazos sean el refugio del que no deseas salir, entonces sabrás que es él. Tu amor, tu gran amor―paro de repente, me miró fijamente y continuó―. Y aunque no lo volviera a ver más, o no puedas estar con él, sabrás siempre que era la persona que el destino había puesto para ti y que ambos os estabais buscando en el infinito del universo como dos almas errantes que por fin encontraron su destino.
― Pues creo que de esos amores no he tenido ―le respondí algo apenada por mi nefasta vida amorosa que sorprendentemente le estaba confesando a una desconocida.
― En algún lugar y en cualquier momento aparecerá y entonces no tendrá duda que es él ―puso su mano delicadamente sobre la mía y sentí un calor especial que me recorrió todo el cuerpo―. Ya nada volverá a ser igual, nunca dudará de que sea en su corazón donde quiere estar.
Nos miramos a los ojos fijamente y encontré en ellos un amor y una paz inmensa.
― Acaba de llegar ―me indicó con una preciosa sonrisa cogiendo su bolso―. Disculpe pero debo irme con él. Le deseo que usted también encuentre a su verdadero amor.
Enmudecida me quedé ante aquella extraña reacción a la que solo pude asentir y sonreír a modo de despido. Mientras se alejaba lentamente, unas mariposas blancas se acercaron a ella rodeándola y revoloteando alegremente al tiempo que la extraña mujer les susurraba palabras que yo no alcanzaba a escuchar.
De repente, esa calidez que había sentido se esfumó, sintiendo de nuevo golpear en mi rostro un aire frío que anunciaba la llegada del invierno. Me abracé para frotar mis brazos y cuando volví la cabeza hacia donde la mujer se había marchado, ya no la vi. Había desaparecido.
Me quedé unos minutos allí sentada, tratando de asimilar aquella situación, aquellas palabras, aquella extraña pero muy impactante conversación.
Al día siguiente camino al trabajo pasé por delante de aquel banco. Tenía el propósito de volver a charlar con ella y poder descifrar las extrañas sensaciones que tuve y lo que vi. Pero cuál fue mi desilusión que no había nadie sentado en aquel banco.
Al llegar al lugar me puse frente a él y me pregunté si quizás había llegado demasiado pronto o si la amable señora no habría podido ir aquel día. Me sentí desilusionada. Necesitaba hablar con ella, anhelaba que me hablara más sobre el amor verdadero y así poder distinguirlo. Ni siquiera sabía su nombre, pero me inspiró confianza.
Volví a sentí el mismo aire cálido que el día anterior rodeándome al tiempo que aparecieron las mariposas blancas revoloteando por el banco. Y tras ella, otras de colores, de muchos y vistosos colores, como los del vestido de la misteriosa señora y sus sombreros. Surcaban el aire con danzas alegres, mezclándose entre ellas, jugando por encima de mi cabeza y pasando ante mí como si quisieran decirme algo con sus escurridizos revuelos.
Y tras unos minutos recordando las palabras de aquella singular señora; lo entendí.
El había venido a buscarla. Por fin estaban juntos y felices para siempre.
Sonreí satisfecha y emocionada.
Me marché con la ilusión de algún día poder sentir el amor verdadero.
Carmen Trella Vida

12 Febrero del 2017

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