Duele el amor IV

Apenas tres semanas después, se marcharon de nuevo de viaje. Esta vez con una excusa inventada para disfrutar de su amor. Ya no andaban con evasivas ni rodeos. A ambos les apetecía. Juntos se sentían tan felices y pletóricos, que sus vidas giraban en torno a los momentos que compartían.
Una noche, mientras se abrazaban, Jon le comenzó a hablar de su familia y sus amigos.
―Ya los conocerás, seguro que te caen bien―le dijo con una sonrisa a su bella amada.
Acurrucados en aquella enorme cama de hotel, con su ropa interior de encaje negro, comprada expresamente para la ocasión y esparcida por el suelo, Marian no podía creer lo que escuchaba. Aquello significaba para ella que su hombre había decidido con quién quería compartir el resto de su vida y por tanto se sentía la mujer más afortunada del mundo.
―No puedo ser más feliz. Te quiero ―le dijo Marian emocionada mientras le besaba el pecho desnudo sobre el que reposaba su cabeza.
No habían vuelto de esta última escapada, cuando ya tenían planeadas unas vacaciones al sur de Portugal. Una semana para ellos solos. Nada de excusas de trabajo. Querían disfrutar de su amor libremente, como lo que eran: una pareja de enamorados. Su relación cada vez era más fuerte y Jon se había entregado a ella sin condiciones, sin miedos.
Con la mayor de las ilusiones, Marian buscó un hotel romántico. Compró ropa sexy para seducirlo y volverlo loco de deseo. Planificó hasta el último detalle. Era el inicio de su relación. Por fin juntos. La sonrisa se instaló en su rostro y el mundo le parecía maravilloso.
Lo llamó emocionada para contarle el lugar tan ideal que había reservado y decirle las ganas que tenía de marcharse con él. Pero Jon no cogía el móvil. Era extraño. Él siempre le enviaba un mensaje si no podía contestarle en ese momento. La joven insistió varias veces y pasadas más de cinco horas, le devolvió la llamada.

―Tenemos que hablar ―le dijo el hombre en tono serio.
En ese momento, Marian, intuyó lo peor, sintió un nudo en su estómago que le encogió todo el cuerpo. ¿Le había mentido respecto a sus intenciones? ¿Se había precipitado al sentirse triunfadora? Estuvo sentada dentro de su coche cerca de veinte minutos, aterrada, imaginando qué sería lo que tenía que decirle su amor. Quizás fuera solo posponer las vacaciones. Seguro que le ha surgido algo en el trabajo, se tranquilizaba la joven a sí misma.
Cuando Marian llegó al lugar acordado, Jon estaba fumando de pie junto a su coche, con rostro serio y compungido. Su barba mostraba que esa mañana no se había afeitado, lo cual no era habitual en él. El pelo que lucía, siempre perfectamente peinado, lo tenía revuelto, pasándose continuamente la mano por su cabeza con signos de desesperación y de angustia.
Marian bajó de su coche con temor y nerviosismo. Se acercó a él lentamente, sin apartar la mirada de aquel hombre que podía darle la vida o la muerte con sus palabras. Se mantuvieron unos segundos en silencio. No se besaron, no se abrazaron. Marian esperó con el alma en un puño a que su amado hablara y desvelara de una vez todas las incógnitas que la estaban comiendo por dentro.
―No me puedo ir contigo de vacaciones―dijo Jon con la voz rota y consciente del daño que le harían esas palabras a la joven.
―¿Por qué? ¿Por trabajo? ―contestó Marian ansiosa. “Si se trataba solo de una cuestión laboral, no importaba, ya harían otro. Pero, ¿y si no fueran juntos a ninguno más? pensó aterrorizada. Su mundo pendía de un fino hilo en aquellos desconcertantes momentos.
―Helen está embarazada y no puedo abandonarla ―le dijo Jon mientras bajaba la mirada enturbiada de lágrimas.
En ese momento, un rayo cayó sobre Marian, fulminándola. O al menos lo creyó sentir mientras las lágrimas brotaban de sus apenados ojos color miel. Bajo sus pies se abrió un profundo agujero negro que absorbió inesperadamente sus ilusiones, sus sentimientos, y del que solo emanaba desesperación y padecimiento.
¡No, no, no! ¡No puede ser! ,le repetía su cabeza mientras su corazón se retorcía de dolor. Su mundo se deshizo en mil pedacitos. Aquellos sueños que la llenaban de felicidad se esfumaron en un segundo y su alma penaba desconsoladamente. Jon, el hombre al que se había entregado en cuerpo y alma, se le escapaba como el humo entre sus manos. Siempre supo que había un riesgo en su apuesta, pero en sus últimos encuentros se sentía ganadora, triunfadora de su amor. Tenían proyectos, disfrutaban juntos, eran felices. Pero esto… con esto no contaba, nunca llegó a imaginar tan terrible hecho para ella.
Marian se sentó en un murete de piedra antes de sentirse desvanecer, mientras Jon percibía un intenso pinchazo en su corazón, contemplando impotente la amargura de la mujer a la que amaba. No encontraba ninguna palabra que pudiera aliviarla. Ojalá no hubiera tenido que decirle aquello. Daría lo que fuera por dar marcha atrás y no haber desgraciado su vida y la de aquella frágil mujer que se consumía de pena y desdicha ante sus ojos.
―¿Por qué me has hecho esto? –le reprochó Marian con el único hilito de voz que salía de unos labios empapados en lágrimas―. Creía que me querías y que habías decidido dejarla. ―No pudo seguir, le faltaba el aire, se ahogaba en su llanto, en su desesperación. Se moriría de dolor. Aquello era una pesadilla. No le podía estar pasando a ella.
―Y te quiero Marian. Yo no planeé esto. Iba a dejarla. Te lo aseguro. Pero no puedo huir de mi responsabilidad. Voy a tener un hijo y no debo abandonarla ahora ―dijo Jon compungido y asolado.
―Pero, pero… me dijiste que entre ella y tu ya no había nada, ¿cómo entonces se ha quedado embarazada? ―le preguntó Marian desconcertada y rabiosa―. ¡Me mentiste!
Una de las mayores ilusiones de Jon era tener hijos, formar una familia. Pero Helen no quería. Le importaba más su carrera profesional que otra cosa. Ese era uno de los grandes obstáculos entre ambos: no tenían las mismas metas en la vida.Helen era materialista y una niña mimada a la que le importaba más las apariencias que los sentimientos, algo que Jon le reprochaba constantemente. Se quejaba ante Marian de la falta de muestras de cariño que Helen tenía con él. A veces no sé si estoy con mi pareja o con una directora de banco, le confesaba. Sin embargo Marian sí que deseaba ardientemente darle un hijo al hombre que más había amado en su vida. Antes de él, nunca se lo había planteado con nadie, porque por ninguno había sentido lo que sentía por su moreno de ojos verdes. Pero decidió esperar hasta tenerlo a su lado, hasta estar segura de su relación con él. Ambos incluso habían bromeado sobre los nombres que le pondrían, sobre a quién se parecerían y sobre quién los mimaría más. ¡Tenían tantos deseos en común, tantas metas que alcanzar juntos! Y de pronto todo se desvanecía, se derretía como el hielo bajo el sol del desierto.
―No te mentí ―Jon tomó aire para continuar hablando―. Cuando ella vio que me perdía, que yo me estaba alejando y le planteé acabar con nuestra relación, surgió un fin de semana en la playa con unos amigos comunes con los que debíamos cumplir un compromiso adquirido desde hacía tiempo ―recordó que por unos segundo estuvo a punto de negarse a acompañarla y sintió rabia de no haberle dicho que fuera sola―, allí bebí más de la cuenta y… simplemente sucedió. Al día siguiente no sabes cuánto me arrepentí. Nunca imaginé las consecuencias. Daría lo que fuera por volver atrás y que nada hubiera pasado entre los dos.
Jon se sentía miserable. Sabía que había traicionado la honestidad de Marian, su confianza, sus ilusiones. Y al mismo tiempo se maldecía por haber cometido aquel tremendo error que ahora los separaba.

―Dime solo una cosa ―preguntó Marian secándose las lágrimas de los ojos―. Si yo me hubiera quedado embarazada, ¿te hubieras quedado conmigo?
―Sí ―respondió Jon sin dudarlo―, y si ella no se hubiera quedado embarazada, también.
—Maldita mi suerte, ¿no? ―le gritó Marian con una sonrisa sarcástica―. O simplemente fui una ingenua y ella muy lista para retenerte. ―La joven lo detestaba en esos momentos―. Qué casualidad que nunca ha querido darte un hijo y cuando le dices que la vas a dejar, se queda embarazada, ¿no? ―Marian necesitaba estallar su furia―. Pero eso no es solo culpa de ella, si tú no hubieras querido, nada habría pasado.
Ambos se quedaron en silencio unos minutos. Marian fijó su mirada al horizonte, mientras en su mente se agolpaban los recuerdos y las preguntas. Jon no levantaba los ojos del suelo. No sabía qué decir. No podía darle ninguna excusa ni palabra que aliviara el amargor que les separaba. Marian tenía razón. Él no debió caer en aquella trampa.
―Esto es tan doloroso para mí como para ti ―le expresó Jon a modo de consuelo.
Marian se levantó y se puso frente a él, mirándolo con rabia a los ojos.
―No. Esto es doloroso para mí. Yo me quedo sola. Tú tienes la ilusión de ese hijo que siempre has deseado.
Jon asintió mientras ella, tragando saliva y limpiando sus lágrimas del rostro, continuó con sus reproches.
― Pero solo lo tendrás a él y habrás perdido toda la felicidad y el amor que yo te habría dado. Algún día me buscarás arrepentido y entonces yo no estaré una vez más para que me vuelvas a hacer daño. No te mereces que te haya entregado mi corazón y mis ilusiones. ―Se desgarraba por dentro, era insoportable el dolor.

―Lo sé ―respondió Jon tomando consciencia que la perdía.

Marian necesitaba salir corriendo de allí, no ver más al hombre que hasta hace unas horas “pensaba sería su compañero” en la vida, con el que compartiría el amor plenamente y con el que iba a disfrutar de unas vacaciones maravillosas. Sentía tanta rabia y tanta indignación por lo que le había hecho aquel al que adoraba, que no quería volver a verlo más. Y así se lo hizo saber antes de subir a su coche y escapar de allí como alma que lleva el diablo. En ese momento empezó a odiarlo con todas sus ganas.
¿Tan frágil puede ser el amor? ¿Cómo se puede destruir una vida con solo unas palabras? ¿Realmente me amaba?, pensaba Marian mientras lloraba desconsoladamente sentada y con la cabeza apoyada en el volante, cuando tuvo que apartarse del camino porque no tenía fuerzas para conducir. Ella le había dado tanto, lo había apostado todo… y perdió. ¡Cómo duele el amor!, se repetía en su interior, ¡Qué estúpida he sido!, ¿No pude enamorarme de otro hombre?”. Siempre supo que a Jon le faltaba el valor de dejar a su novia formal,, pero no a estas alturas de la relación, cuando ya sentía tener en sus manos y en su vida al hombre por el que suspiraba su corazón. Lo maldijo a él, la maldijo a ella, y sobre todo maldijo aquella hora tan decisiva. Marian se sintió ridícula, arrepentida y avergonzada por haberse entregado en cuerpo y alma para que la traicionaran de esa manera. Pensó que no se lo merecía.

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