Duele el amor III

Volvieron a sus vidas habituales. Mantenían las formas en las cuestiones profesionales, pero aprovechaban cualquier momento para dedicarse sonrisas y palabras insinuantes y, por supuesto, para besos fugaces en los despachos o pasillos de la empresa.
Tan solo unos días después de regresar de aquel viaje, ambos asistieron a un almuerzo organizado por la empresa para la que trabajaban. Se sentaron en mesas distintas, pero incluso así, sus miradas se buscaban constantemente. Marian se había puesto unos pantalones ajustados que marcaban su trasero y unos tacones sobre los que deslizarse por la sala y atraer las miradas masculinas, hecho que Jon aceptaba con recelo y al tiempo con la satisfacción de saber que aquella mujer era solo para él.
Con clara intención, ambos encontraron la forma de acabar juntos y solos la jornada.
―Vamos a un lugar a salvo de miradas indiscretas ―sugirió el apuesto Jon.
Subieron al coche, condujeron hasta un lugar tranquilo, concretamente hasta una montaña cercana, desde donde se podía contemplar el bello atardecer en el mar. Allí podían unir sus bocas con pasión, acariciarse entre sonrisas de felicidad y volver a tener la intimidad que pretendían.
―Mi niña, ¡qué ganas de volver a tenerte entre mis brazos!―Le dijo.
Marian le besaba el cuello apasionadamente, mientras la mano de su enamorado acariciaba la cintura de la joven. El señor Pasión y el señor Amor los envolvieron en sus brazos una vez más.
Tras aquella jornada, ambos trataron de buscar encuentros a solas para disfrutar de su amor, de una pasión que aumentaba con cada beso y cada gemido. Su unión era cada vez más fuerte, más estable. No era solo atracción sexual, que la había y fuerte, sino más bien una unión entre sus almas, sus mentes y sus sentimientos. Ambos estaban tan felices como asombrados por esa perfecta simbiosis. Parecían hechos el uno para el otro.


Sin planearlo, pero como una bendición, volvieron a Londres para cerrar un importante acuerdo comercial, pero esta vez viajaron los dos solos. Durante el día hicieron las gestiones objeto de su viaje. Pero desde que acababan sus compromisos profesionales, eran solo Jon y Marian: un hombre y una mujer enamorados que paseaban de la mano, reían y charlaban contándose mil historias vividas. Compartían sus sentimientos e ilusiones. Entre ellos existía una gran complicidad. Tenían la sensación de conocerse desde siempre, de comprenderse como nadie podía hacerlo.

La noche que llegaron, mientras cenaban a la luz de las velas; el móvil de Jon sonó, interrumpiendo un cálido beso tras un brindis. Se separó de la boca de su amada, fastidiado por ello y haciendo un gesto en señal de desagrado. Su feliz rostro se tornó rígido en una décima de segundo al ver en la pantalla del teléfono el nombre de la persona que lo molestaba tan inoportunamente. Se miraron y comprendieron la situación. El hombre salió del rincón de aquel pequeño y romántico restaurante, dirigiéndose a la calle para responder la llamada.
Marian sintió como si un cubo de agua fría cayera sobre su cabeza. La realidad se le ponía frente a su cara. Pero ella estaba enamorada, era el hombre de su vida y él le correspondía. Solo anhelaba disfrutar de aquella maravillosa sensación de felicidad que inundaba su vida y su corazón.
A los pocos minutos, aquel hombre de porte elegante y atractivo, entró con paso lento y aspecto enturbiado. Se dirigió hacia Marian, la mujer que le hacía feliz y que ahora lo miraba triste y angustiada.
Jon tenía todo lo que Marian necesitaba y le convertía en el hombre perfecto. Pero aún seguía sin saber cómo terminar la relación con su pareja. Una mujer a la que conocía desde adolescente y con quien ya solo existía rutina y cariño. No estaban casados, pero hacía algún tiempo que vivían juntos, siguiendo la inercia de una larga relación y empujados por las familias de ambos, que mantenían vínculos personales y de negocios muy fuertes. A esa mujer solo le unía una hipoteca y una cuenta corriente. Según él, no estaba enamorado de Helen, y se le notaba cuando hablaba de ella. Nada tenía que ver con los sentimientos y la pasión descontrolada que le profesaba a Marian. Con ella la química estaba siempre activa. Lo tenían todo en común y ella era feliz a su lado.
Marian no se sentía cómoda con aquella situación. Era consciente que jugaba con fuego, que no podría aguantar mucho saber que él seguía viviendo con ella aunque la relación no fuera buena. Sin embargo no podía evitar lo que sentía por él y estaba dispuesta a luchar por su amor. Nunca se había sentido tan feliz ni tan segura de sus sentimientos.
Jon se sentó junto a “su niña”, como le gustaba llamarla, mientras agachaba la mirada. Sus ojos habían perdido el brillo de repente. La cogió de la barbilla y la besó.Él tampoco estaba orgulloso de no haber tomado ya una decisión al respecto; sabía que no era correcto como estaba actuando. No debía seguir engañando a Helen pero no podía reprimir lo que Marian le hacía sentir. No quería privarse de ese amor con el que disfrutaba como nunca antes y al mismo tiempo sentía que no era justo para Marian la situación.
Marian sabía que el vínculo de su amado con Helen era débil y que no amaba a esa mujer que siempre le pareció fría y carente de sentimientos. Helen se trasladó desde su ciudad de origen a vivir con él, donde Jon trabajaba desde hacía algunos años. Él no supo decirle que no y por ello que aquel primer romance con Marian se acabó un par de años atrás.
Sin embargo, ahora Marian lo sentía más cerca que nunca. Jon se mostraba más abierto a expresar sus sentimientos y era claramente infeliz con aquella mujer. Para la joven era algo fácil de solucionar, no obstante, él no lo veía así. Le faltaba la decisión y el valor que a ella le sobraba. Ante este panorama, Marian decidió jugárselo todo.
Tomaban una copa en el bar del hotel después de la cena, sentados en un pequeño sofá cuando Marian se giró hacia él, lo miró fijamente y con todo el amor que sentía le abrió su corazón como nunca antes había hecho. Le declaró sus sentimientos y su deseo de compartir su vida con él. Le aseguró que lucharía por ellos y por un futuro juntos. Su corazón y su alma los abrió de par en par y se los ofreció. Y aunque sabía que no se podía forzar a nadie en estas cuestiones, estaba segura de terminar de conquistarlo y hacerlo suyo. Acabar con aquellas circunstancias y no tener que amarse a escondidas.
Jon la miraba emocionado, con los ojos chispeantes y el pecho repleto de sentimientos. Le acarició el pelo con ternura y por primera vez le expresó claramente lo que su mirada gritaba.
―Te quiero. ―Le dijo Jon al que le costaba expresar con palabras lo que sentía.

El hombre sabía que debía resolver esa situación lo antes posible y no le resultaba fácil. Se sentía halagado, amado, deseado por una bella e inteligente mujer que le ofrecía una relación llena de ilusión y alegría. Un futuro muy distinto a su presente y su pasado.
―¡Estoy confuso! Sé que debo tomar una decisión lo antes posible, pero no me atrevo, no quiero lastimar a nadie ―le confesó Jon.
―Si es cierto todo lo que me has dicho, no puedes vivir siempre en una mentira ―le dijo ella―, tienes derecho a ser feliz, a tener una vida plena sin miedos ni falsas apariencias.
Romper con su novia de toda la vida le costaba. Demasiados vínculos familiares, de amigos comunes y momentos compartidos les unían. La quería, le tenía cariño, pero no la amaba como a Marian. Ésta era pura pasión y le aportaba todo lo que la fría relación con su novia formal no le daba: felicidad. Marian lo comprendía como nadie, le llenaba plenamente y sobre todo, lo hacía sentir vivo.
Jon admiraba la seguridad de Marian, la firmeza con que estaba dispuesta a luchar por él. Nadie le había demostrado eso nunca, de forma que aún le resultaba más excepcional.
Esa noche se amaron intensamente, se entregaron en cuerpo y alma. Entraron en su particular mundo, en el que solo cabían ellos dos y sus sentimientos. Jon se pasó la noche besando a la mujer que había llegado a lo más profundo de su alma, que había conseguido volverlo loco de amor y que le hacía sentirse el hombre más afortunado del mundo. La poseyó con locura, ardientemente, como si el mundo se fuera a acabar y en una explosión de gemidos y jadeos se entregaron una vez más al más puro placer de yacer con la persona amada.
Marian era feliz. Tenía la certeza de que, al volver a casa, estaría a su lado y por fin se decidiría a compartir libremente su vida con ella. Anhelaba que la decisión de Jon, se declinara por su lado de la balanza. Ella podía darle todo lo que su corazón sentía hacia él. La joven sabía que apostaba fuerte; presintiendo que sus posibilidades de ganar eran muy altas dado lo que recibía de Jon y su actitud con ella. Le sentía entregado, rendido a aquel amor igual que ella.

Comments

    • Muchas gracias por tu comentario, y me alegro mucho que te esté gustando el relato “Duele el amor”, aun queda el final.

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