Duele el Amor II

.....El momento se tornaba tan romántico como peligroso. Estaban abriendo la puerta a sentimientos reprimidos. Todo transcurrió de una forma tan espontánea que casi sin darse cuenta la pasión volvió a envolverlos con su cálido aliento.
―Y aquí estoy…. con la mujer a la que quiero y a la que perdí por estúpido―expresó Jon al que le delataba la mirada tierna y el tono cariñoso de su espontánea confesión.
Fue entonces cuando ambos se atrevieron a hablar claro de lo sucedido tiempo atrás. Marian escuchó de la boca de aquel atractivo hombre lamentarse por su cobardía, por no haber sabido subirse al tren del amor que pasó ante sus narices y dejó escapar.
―Sí lo fuiste ―le reprochó la joven―, pero aun así, no he podido sacarte de mi corazón.
―Yo tampoco. No puedo dejar de pensar en ti. Eres muy especial para mí, Marian. Lo que yo tengo contigo no lo he sentido nunca.
Marian no sabía si pegarle un bofetón o arrojarse a sus brazos. Qué imbécil había sido dejándola marchar y haciéndola sufrir tanto. Tuvieron una maravillosa oportunidad y él huyó asustado.
Esa extraordinaria noche londinense era el momento que ambos temían y al mismo tiempo deseaban. Parecía estar escrito en sus destinos. Lo habían tratado de evitar en muchas ocasiones, sin embargo, lo que brotaba entre ellos era más fuerte que sus miedos, sus correctas apariencias y el tiempo transcurrido. Una mezcla de emociones, de pensamientos y deseos ocultos les embriagó.
Sus cuerpos se acercaban peligrosamente. Se podía oler el perfume del deseo que les rodeaba. Las miradas eran dulces, no existía nada a su alrededor que pudiera romper aquellos mágicos momentos de madrugada en los que ya nada ni nadie podía parar lo inevitable. Ninguno tenía intención de frenar sus impulsos, solo dejarse llevar, mecidos por los brazos del amor y la pasión.
El ardor que se apoderó de sus cuerpos ya no se podía apaciguar. Se desprendieron del recelo y dieron rienda suelta a sus sentimientos; destaparon la caja de Pandora en contra de lo que racionalmente se habían prohibido durante tanto tiempo.
Jon la cogió de la mano, mirándola con todo el cariño y el deseo que un hombre pueda tener hacia una mujer de la que está enamorado; se acercó despacio a su pelo rizado y negro como el azabache. El intenso perfume que percibió en Marian le trajo tantos agradables recuerdos que lo obnubiló.
―¿Tomamos una última copa en mi habitación? ―susurró el hombre ávido de aquellos labios seductores.
El corazón de Marian hacía un buen rato que había ganado la batalla a su razón, por lo que solo necesitó responderle con una sonrisa cómplice y fundirse en el intenso verde de los ojos de aquel hombre al que deseaba besar con frenesí. Sin apartar la mirada uno del otro, se levantaron de los sillones del bar donde ya solo quedaba un camarero deseando que la pareja se marchara.
La joven sentía estar flotando en una nube. Mientras subían en el ascensor, Jon acariciaba el suave rostro de la mujer que había conseguido desatar todas sus emociones, preguntándose cómo había podido vivir tanto tiempo sin contemplar su sonrisa, su hermoso rostro y sin besar sus carnosos labios. La deseaba con todo su ser.
Entraron en la habitación abrazados, temiendo que al separarse despertaran de aquel anhelado y mágico encuentro. De pie, junto a la cama, se acariciaban las manos, los brazos, la cara, sin dejar de mirarse fijamente, prolongando sus ansias por llenarse el uno del otro; con la respiración y el pulso acelerado, pero seguros de lo que querían hacer.
Fue todo natural, maravilloso y delicado. Ya se conocían en la intimidad. Solo cabía entre ellos deseo en mayúsculas, pasión a raudales y una química explosiva que les llevaba hasta un desenfreno enorme. Cuando sus labios se rozaron, parecían magnetizados, con tanta fuerza que nada podía despegarlos.
En aquella habitación de hotel había demasiada pasión contenida y momentos perdidos que compensar. Eran dos amantes hambrientos del sabor de sus bocas, de sus alientos, de la fragancia de sus pieles. Se necesitaban como la Luna al Sol. Fueron desnudándose lentamente, disfrutando de cada caricia, de cada beso, de los susurros de amor:
―Te deseo, te necesito mi niña―le decía mientras deslizaba sus manos por debajo del jersey de Marian.
La joven tenía la sensación que no había pasado ni un día desde la última vez que pudo acariciar aquel atractivo torso desnudo. Anhelaba sentirlo en lo más profundo de su ser.
―Y yo a ti, Jon. ― Le respondió llena de amor.
Los labios del amante recorrieron con delicadeza el cuerpo de Marian deleitándose con la miel de su piel, absorbiendo cada suspiro que ella desprendía. La magia envolvió aquellos cuerpos rebosantes de pasión hasta que se fundieron en uno solo, meciéndose desnudos al unísono; culminando el anhelado reencuentro con una deliciosa mezcla de placenteros gemidos y lágrimas de felicidad.
―¡Eres una mujer increíble! Cada vez que te miraba, sentía el deseo de poseerte, de amarte. Y no me atrevía a acercarme porque eres un peligro para mí. ¡Me gustas tanto!
―Sabía que esto pasaría. Y tengo que confesarte que lo anhelaba ― contestó la mujer.
Era imposible ahogar el volcán que surgía entre ellos cada vez que se acercaban, poner límites a unos sentimientos tan fuertes. No fue una simple aventura y siendo conscientes de ellos se habían evitado en numerosas ocasiones.
Se pasaron el resto de la noche mirándose, besándose sin parar y abrazados, como si después de aquello, les diera igual que se pudiera acabar el mundo. Porque su mundo era aquel. No se reprocharon ni prometieron nada, apenas hablaron. Una caricia, un gesto o una sonrisa lo decía todo entre ellos. Solo deseaban disfrutar plenamente de aquel momento, que se prolongó hasta la mañana siguiente, cuando ambos hicieron sus maletas para regresar a casa.
Se sentaron juntos en el metro, camino al aeropuerto, intentando disimular ante los compañeros la luz de felicidad que irradiaban sus rostros. Cuando se aseguró de que nadie les observaban, Jon susurró a Marian al oído:
―Esto te lo dejaste en la habitación. ―Mientras le pasaba con disimulo, desde su mano a la de ella, unos pendientes, se miraron compartiendo una cómplice sonrisa. Cupido lanzó otra de sus flechas y llevó a sus corazones aún más felicidad.

continuará.....

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