Duele el amor I

Había mucha gente desconocida en la sala de aquel restaurante. La música y el griterío le provocaron rechazo al entrar, aunque lo que más le angustiaba era saber a quién iba a ver irremediablemente esa noche.
Jon celebraba su cuarenta cumpleaños y había organizado una fiesta por todo lo alto con amigos y conocidos a la que ella estaba también invitada. Hubiera podido buscar una excusa para no asistir, pero quiso convencerse de que había pasado página.
A pesar de su propósito de aparentar normalidad, Marian no podía dejar de buscarlo disimuladamente con la mirada a todo lo ancho y largo de la abarrotada sala. La misma discreción utilizaba Jon cuando dirigía sus grandes y profundos ojos verdes para localizarla. La joven que llevaba un ajustado vestido rojo con amplio escote, que hacía realzar su esbelta figura, se acercó a la barra para pedir algo de beber.
Una voz a su lado le hizo temblar todo el cuerpo. Giró la cabeza y se encontró con él. Dio mío, cuánto lo echo de menos, pensó para sí misma. Aunque solo escuchó decirle:
―Felicidades.
Al mismo tiempo que intercambiaban algunas palabras para romper el hielo, Jon la contempló con admiración y dulzura. Aquella mujer que tanto significaba para él le mostraba un rostro asustado y unos ojos color caramelo que reflejaban cierta tristeza.
― Estás preciosa esta noche, mi niña ―le dijo esbozando una encantadora sonrisa mientras le apartaba un mechón de pelo del rostro. Se acercó a su oído y le susurró: ―Sé que me quieres. Y yo a ti también.
A Marian se le saltaron las lágrimas y movió ligeramente la cabeza, asintiendo a la verdad; le dolía hasta lo más profundo de su ser. Tambaleó sobre los altos tacones que calzaba al tiempo que sentía un fuerte escalofrío por su espalda con aquellas palabras. Aquel hombre de tez morena, fruto de sus tardes de tenis bajo el sol de todo el año, que vestía una elegante camisa blanca arremangada con su perfume irresistible y que ella conocía muy bien, había echado abajo en solo unas décimas de segundo el muro que la joven había levantado para protegerse de su embrujo.

Antes de que nadie pudiera intuir el carisma de sus confidencias, se separaron. No querían que los vieran intimando. La novia de Jon estaba dando vueltas por la sala, así que Marian se fue de inmediato sin despedirse de nadie. No podía soportar la angustia de verlo y no tenerlo en su vida. Mientras se dirigía hacia el coche derramando lágrimas sin parar, recordaba los momentos felices que ambos disfrutaron dos años antes. Fue un romance corto, pero tan intenso que aún podía sentir sus manos acariciándola, las risas compartidas y esa atracción irresistible entre ambos. Notar su respiración cerca era una tentación que debía evitar. Ella quería odiarlo, pero no podía. Le resultaba imposible luchar contra sus sentimientos. Se había quedado grabado en su corazón como marca de fuego; el mismo que ardía entre ellos cuando estaban juntos.

Pasaron tres años desde aquella fiesta de cumpleaños. Cada uno siguió su camino por separado. Marian tuvo alguna que otra relación siempre infructuosa, y Jon seguía manteniendo una que no le satisfacía pero que despuéss de tantos años, no se atrevía a romper; se dejaba llevar por la inercia de una relaciónn más amistosa que de amor.

Aún así, nunca perdieron el contacto, ya que temas profesionales les obligaban a reunirse, hablar y verse de vez en cuando. Ambos se acomodaron a sus lánguidas vidas y trataron de continuar con la mirada hacia el futuro.
Consideraban que era lo mejor para olvidar lo que ninguno podía.
Seguían manteniendo un vínculo profesional que se acrecentó con un proyecto que debieron llevar a cabo conjuntamente. Durante ese tiempo ambos mantuvieron el tipo, fingiendo que aquellos momentos vividos tan apasionadamente eran parte del recuerdo y jamás hicieron referencia a su relación sentimental en el pasado. Les dolía demasiado.
Desde que se conocieron siempre fueron buenos amigos y compartían sus anécdotas, ilusiones, enfados o cualquier otro sentimiento que difícilmente contaban a otras personas. Su relación fue siempre especial, llena de respeto, cariño y algo más. Una conexión química y espiritual que percibían con solo una mirada o un gesto entre ambos.
En una de esas reuniones, surgió la necesidad de realizar un viaje de negocios a Londres, junto a otras tres personas de la empresa. Tanto Jon como Marian mantuvieron una actitud correcta y cordial, evitando situaciones en las que pudieran reavivar sus sentimientos. Esquivaban las miradas fijas y las palabras comprometidas, aunque algunas veces se les escapara una sonrisa cómplice que hacía sonrojar al otro.
Todo marchó como se esperaba a nivel profesional. El grupo lo celebró con unas copas en el hotel después de la cena. Risas, bromas y ambiente desenfadado. Los compañeros de Jon y Marian se fueron marchando a sus habitaciones y los dos se quedaron solos en un rincón del bar. Lo hicieron intencionadamente y entre miradas suspicaces del resto. Hablaban y reían mientras veían nevar en la calle a través de los grandes ventanales del salón, disfrutando de la compañía que ambos añoraban.....
continuara....

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