Duele el amor (Final)


El tiempo lo curaba casi todo. O al menos eso esperaba la joven abandonada.
No volvieron a verse. Marian cambió de trabajo y de localidad, tratando de olvidarlo y evitar verlo.
Las primeras semanas fueron terribles: lloraba sin parar, lo odiaba, lo amaba, lo deseaba, lo detestaba… una mezcla de sentimientos y pensamientos que apenas le permitían concentrarse en nada. Lo añoraba. Lo necesitaba. Deseaba volver a verlo y al tiempo pensaba que no lo soportaría. ¡Había sido tan necio y ella tan estúpida!, se lamentaba. Marian le imaginaba feliz junto a su hijo o hija, y junto a la fría y arrogante Helen. A pesar de saber que todo pasaría, y que cuando se apagara la euforia del nacimiento, con el tiempo, Jon volvería a encontrar la soledad con una mujer que no le querría nunca ni le haría feliz como ella lo hizo. Al menos ese pensamiento la aliviaba, sabía que él sufriría también y pagaría caro su error y traición hacia ella.
Y Marian deseaba olvidarlo, no se merecía seguir sufriendo por él. Pero, ¿cómo arrancar un amor tan grande y sincero de su corazón y su mente? Era sin duda el amor de su vida y eso nadie lo cambiaría nunca.
Marian no quería volver a enamorarse, no podía. La herida era demasiado profunda y no permitiría a nadie llegar a su corazón destrozado. Decidió que simplemente se divertiría, jugaría con los hombres como habían hecho con ella. No iba a volver a caer en otro engaño. Ya no podría querer a nadie como amó a aquel moreno de ojos verdes que le había arrancado el corazón una tarde de primavera.
Con el tiempo, el rencor se fue disipando y solo quedaban para ella los recuerdos felices, los pensamientos agradables hacia su gran amor. Aprendió a vivir sin mirar atrás para no sentir dolor ni nostalgia. Curó las heridas de su corazón con gran esfuerzo.

Cinco años después de aquel fatídico desengaño, unos días antes de la Navidad, Marian recibió una llamada desde un número desconocido.
―Hola ―dijo una voz masculina que no alcanzó a reconocer.
―¿Quién eres? ―preguntó ella desconcertada.
―Soy Jon.
Marian sintió detenerse su corazón. Sus cinco sentidos se bloquearon. “No podía ser real”.
―¿Cómo estás? ―se atrevió a preguntarle Jon ante el silencio de ella.
―Bien. ¿Y tú? ―respondió Marian cuando consiguió reaccionar.
―Jodido y con alguna copa encima para tener el valor de llamarte ―le aclaró Jon―. He estado muchas veces para hacerlo, pero no me atrevía. No sabía si me colgarías el teléfono o si te molestaría, pero ya no puedo aguantar más lo que tengo que decirte.
Marian escuchaba atenta, casi sin respirar para entender bien lo que le hablaba, y poder grabarlo en su mente. Sintió que de lo más hondo de su corazón, volvían a resurgir los sentimientos guardados bajo llave, como si de un volcán comenzando una nueva erupción se tratara.
―Te quiero, Marian ―confesó Jon con voz temblorosa―. Nunca he dejado de quererte. No hay día que no piense en ti, que no me acuerde de tu cara, de tus besos, de tu risa... Estoy seguro de que si te viera no podría resistirme. Soy débil, ya lo sabes.

Un nudo se encajó en la garganta de Marian mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro. ¿Por qué le hacía esto ahora, cuando había aprendido a vivir sin él?, pensó. No era justo que volviera a su vida para hacerle daño de nuevo, después de tener que remendar su corazón roto. Sin embargo, esa llamada y esas palabras las había esperado y deseado incontables veces. Confirmaba lo que ella presentía que sucedería. La joven siempre supo que volvería a ella de alguna forma. Y Marian lo deseaba, aunque al mismo tiempo lo odiara por destrozarle la vida, por abandonarla dos veces. Ahora tenía la certeza de que Jon la echaba de menos igual que ella a él. No podían enterrar un amor tan verdadero. Para Marian, volver a escucharle era un sueño, y oírle confesar sus sentimientos, era simplemente Felicidad.

―Tenías razón: me siento solo. Mi hijo es lo único que me hace feliz y que me mantiene vivo. Él y tu recuerdo. ¡No imaginas cuánto te echo de menos! ―Jon sollozaba al otro lado del teléfono―. Fui un cobarde, ¡un cobarde de mierda!

Marian estaba tan aturdida que no sabía lo que quería o debía decir. De su apagada garganta solo salió:
―Yo también te echo de menos. ―Mientras las lágrimas inundaban sus ojos.
―Perdona que te llame a estas alturas y te moleste ―se excusó Jon―, sé que no tengo derecho, pero necesitaba decírtelo, no puedo callarlo más: te quiero.

¿Por qué si ambos se amaban debían sufrir tanto?, se preguntaba Marian. No comprendía cómo la vida podía ser tan cruel y tan injusta. Ahora tenía claro que su amor por ella fue y era sincero, pero sentía mucha rabia porque lo había fastidiado todo con aquel estúpido error, aquella debilidad que los había separado.
―¿Eres feliz? ―le preguntó Marian con toda la intención.
―¿Qué es la felicidad? ―Jon le devolvió la pregunta.
Silencio. Ambos conocían la respuesta. Sobraban las palabras.

Sabían en lo más profundo de sus corazones que aún quedaban páginas por escribir de su historia de amor. Aunque eso estaba en manos del destino.

Comments

  1. Ahhhh!!!!! Pero que final!!! No se si alegrarme o entristecerme.jo…Que caprichoso es el destino. Espero que a mi amiga no le pase igual. Eso de esperar cinco años fastidia bastante. De todos modos,me ha encantado tu relato. As conseguido engancharme Y eso que no consigo encontrar algo que merezca la pena. Grave.

    • Muchas gracias por seguir mi relato y me alegro que te haya gustado. El amor es a veces complicado…Este relato deja el final un poco abierto al destino….
      Si te apetece, te animo a que adquieras mi ultima novela “El pintor de lágrimas”, esta si que te va a enganchar….
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      Seguiré publicando cosas en mi web!!! Hasta pronto Luna!

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