Cuento de Navidad

Lo que para muchos niños y niñas era motivo de alegría, para la pequeña María era siempre un sabor agridulce que no sabía bien cómo interpretar en una mezcla de felicidad y tristeza.
Se acercaba la Navidad, las calles llenas de luces, de villancicos, escaparates repletos de manjares, de adornos exuberantes y gente corriendo de un lado para otro con bolsas llenas de regalos en sus manos.
Como todos los años, visitaba con sus padres los nacimientos de la ciudad, recorría el mercadillo navideño y paseaban por lugares concurridos donde parecía que la vida se llenaba de colorido y alegría.
En la televisión la publicidad no cesaba de bombardear con anuncios de perfumes, juguetes, bebidas y todo tipo de cosas apetecibles.
Como cualquier niña participaba en las actividades de Navidad que organizaban en el colegio y sacaba su pandereta del altillo. Ponía junto a su madre el árbol de Navidad y el Belén.
Sin embargo, la pequeña no podía evitar fijarse en aquellas personas que sentadas en la calle pedían alguna limosna. Sin apenas ropa de abrigo, sucias, y con sus escasas pertenencias enrolladas con una manta para pasar la noche quien sabe en qué rincón o portal. Desde que apenas comenzó a hablar, les preguntaba a sus padres porque pedían dinero y su madre le explicaba que no todos tenían la suerte de tener una casa, una familia o comida en abundancia. Al ver la expresión de lástima en la cara de su hija, la madre siempre les daba algunas monedas a los mendigos que iban encontrando a su paso.
La inocente niña pensaba que con aquellas monedas y las que le dieran el resto de la gente, ya tendrían solucionada su situación.
Aun así, cada Nochebuena y desde que tenía 6 años, antes de la cena en familia, se iba a su habitación, escribía unas letras, doblaba el papel y lo escondía tras una figura que representaba a la Virgen y que se hallaba colgada encima de su cama. Se arrodillaba ante ella y rezaba rogándole que se cumplieran los deseos que había escrito en aquel papel. Nunca pedía nada para ella. Siempre para esos pobres que no tenían nada y que se clavaban en su mente cada Navidad sin poder disfrutar de la cena que se le mostraba ante ella.
Pero aquella Nochebuena en que tenía 9 años, María que había cumplido con su ritual de dejar por escrito sus deseos para los más desafortunados bajo aquella figura de escayola, observó con atención la comida que había sobrado tras la cena familiar.
Mientras los adultos bebían y charlaban animados en el salón y sus primos jugaban con los juguetes que les habían regalado, ella cogió cuidadosamente la comida restante que habían guardado en la nevera y la metió en una bolsa de plástico. Sigilosamente y con el mayor de los cuidados se puso su abrigo y salió a la calle.
Comenzó a andar dirección a uno de los lugares donde el día anterior había visto a una anciana pidiendo limosna. Y allí la encontró, acurrucada bajo una vieja manta, tendida sobre unos cartones y con sus andrajosas pertenencias haciendo las veces de almohada.
La niña se acercó a la anciana que parecía dormida y suavemente le tocó en el hombro.
― Señora, ¿está despierta? ―le susurró María―, le he traído algo de comida.
La anciana esbozó una sonrisa, se incorporó con gran esfuerzo y miró a la niña que la observaba con grandes y asustadizos ojos. Creyó que era un ángel y que se encontraba en el cielo. “Ya me ha llevado Dios con él”, pensó con alivio.
― En mi casa siempre sobra mucha comida en Navidad y a veces la tiran ―le explicaba la pequeña mientras sacaba algunas fiambreras de la bolsa―, si la quiere usted… está buena, la ha cocinado mi mamá.
Dos lágrimas rodaron por las arrugadas mejillas de la mujer de pelo blanco y endurecido rostro. No podía imaginar que alguien tan joven fuera tan buena con ella tras una larga vida de penas y miserias en las que la vida le había golpeado duramente. La bondad que emanaban las palabras de aquella pequeña boca le enternecieron tanto como nunca nada lo había hecho. Nadie se había preocupado nunca por ella desinteresadamente y aquella niña le ofrecía no solo aquellos alimentos que jamás había probado y que su cuerpo necesitaba, sino el calor y el cariño de un alma bella y generosa.
― Gracias pequeña ―fue lo único que pudo pronunciar la anciana mientras cogía lo que le ofrecía― ¿Cómo te llamas?
― Me llamo María, ¿y usted? ― La niña se sentó a su lado en el escalón de aquella fría acera ante el gesto de la mujer de acompañarla.
María estaba feliz viendo comer a la anciana que le había dicho se llamaba Ana. Charlaron un buen rato. La mujer le contó algo de su vida, pero sin querer entrar en detalles por consideración a su edad. La niña le escuchaba embelesada y le parecía tan triste su historia que las lágrimas llenaron sus redondeados ojos negros.
Mientras, su familia la buscaba desesperadamente al percatarse que no estaba en la casa. Temían por su suerte, y todos se lanzaron a la calle para buscarla con la angustia de no saber donde estaba. Su madre al buscarla en el dormitorio, miró bajo la cama y encontró la nota que esa noche había escrito su hija y que al parecer se había desprendido de la virgencita de la pared. Entonces comprendió que su bondadosa hija podía haber salido a buscar algún mendigo al que ayudar. Después de recorrer un par de calles, recordó la puerta de un edificio de oficinas donde el día anterior María se había parado para dar unas monedas que llevaba en su bolsillo a una anciana que se encontraba allí.
Su intuición de madre no le falló. Encontró a su hija acurrucada junto a la anciana que la abrazaba amorosamente ya que la niña se había quedado dormida. Le había echado su vieja manta por encima para que no pasara frío y la mimaba como la hija que una vez tuvo y los nietos que no conoció.
La madre se acercó a ellas con gran emoción al ver la escena y la anciana que comprendió quien era, la miró y le dijo:
― Tiene usted una hija maravillosa, ojalá hubiera más personas así en el mundo ―despertó a la pequeña y le dijo que su madre había venido a recogerla.
― Mamá le he traído la comida que no nos hemos comido a esta mujer que se llama Ana. Tú me dijiste que la Navidad es para compartir, y ella no tiene nada .Por favor no me regañes― le dijo María abrazándose a madre.
Como si de un concierto celestial se tratara, las sonrisas y los sollozos de emoción, alegría y agradecimiento de la anciana, la madre y la niña tocaron el más bello de los villancicos aquella noche y sus lágrimas fueron las estrellas que iluminaron el cielo.

Carmen Trella Vida
23/12/2016

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